Silvia Rajschmir, el tango que abrazó a Israel.

30/May/2014

La Nación

Silvia Rajschmir, el tango que abrazó a Israel.

Sería un cliché volver
sobre aquello de que “el tango no conoce fronteras”, pero ninguna otra frase
describe mejor esa realidad que también tiene su correlato en Israel, la tierra
que acaba de visitar Francisco, que además de Papa y argentino, es tanguero.
La excusa de esta
anécdota es doblemente oportuna porque el viernes 30 de mayo se cumplirán 12
años desde la inauguración de la primera milonga de Israel. La gestora de
aquella hazaña fue nuestra bella Silvia Rajschmir, una porteña de ojos verdes
que en 1998 viajó a esas tierras persiguiendo un amor milonguero que luego
quedó en el camino, pero que de todas formas le cambió la vida. “El romance no
funcionó pero me encantó Israel. Al año siguiente de estar acá, en 1999, hubo
elecciones y ganó el laborismo. Parecía que venía la paz. Me entusiasmé, y
quise presenciar ese momento histórico. Había observado que los israelíes son
apasionados pero que no se tocaban. Eran distantes, entonces pensé que el tango
los podía ayudar. Decidí quedarme por un año a dar clases, preparar profesores
y de paso estar presente cuando se firmara el tratado de paz. Luego regresaría
a Buenos Aires… ¡ingenua, yo!” recuerda hoy, desde su casa.
Sin querer, o queriendo,
Silvia desarmó del todo las valijas y de a poco empezó a desandar los km que
separan Jerusalem de Tel-Aviv, donde abrió dos escuelas de tango. “El primer
año tuve cinco alumnos en Jerusalem y otros cinco en Tel-Aviv. Entonces empezó
la segunda intifada (septiembre del 2000) y decidí quedarme un tiempo más. Al
año y medio tenía cerca de 20 alumnos en cada ciudad. Los maestros que me
reemplazarían en las clases no llegaban, pero el proyecto seguía creciendo. En
noviembre de 2001 inauguré la primera milonga en Jerusalem, y en mayo de 2002
la de Tel- Aviv. Al fin empezaron a venir mis amigos: Graciela González, Nito y
Elba, Milena y Fernando Galera, Elina Roldán, Ramiro Gigliotti, Ariadna Naveira
y Fernando Sánchez, Analia y Marcelo. Fue sembrar, fundar algo que no existía.”
Doce años después podría
decirse que, efectivamente, la semilla germinó. Hoy aquellos primeros alumnos
organizan sus propias milongas, dan clases, bailan. Se abrazan. “Hay tango en
varias ciudades: Tel-Aviv, Jerusalem, Haifa, Beer Sheva, Modiin y Petach Tikva.
Tenemos milongas todos los días, a veces más de una por noche. Yo
particularmente organizo una mensual en Tel-Aviv, a la que asisten entre 150 y
200 personas”.
La dificultad más grande
de enseñar, recuerda, fue quizá la misma que se le presenta a cualquier
persona, de cualquier parte del mundo, cuando intenta bailar tango: el abrazo.
“Empecé de cero. Lo que había hecho en Buenos Aires no me servía de nada a
nivel docente. Fue un desafío y lo sigue siendo porque es un país duro. Al
principio la mayoría del alumnado estaba integrado por inmigrantes de la ex
URSS, pocos nativos de Israel. Es un público especial, muy estudioso,
disciplinado, gente culta. Los israelíes no se quedaban en las clases, querían
aprender rápido. Acá el tiempo es un tema justamente por la situación que se
vive, entre otras cosas, y las mujeres son muy fuertes, van a la guerra, les
cuesta dejarse llevar. Llevó bastante tiempo lograr que la gente se abriera. Pero
en definitiva, el tango ofrecía un lugar distinto para todos, un refugio contra
la locura de esos años donde a cada rato explotaba una bomba en algún lado. Lo
mejor fue que en Jerusalem tenía mayormente alumnos judíos, pero también
cristianos y musulmanes (en menor medida) y estaba muy claro que todos
estábamos ahí buscando, en el fondo, lo mismo: amor. El tango siempre funcionó,
en ese sentido. Es un “área” libre de conflictos y nos cobija a todos. Y nos
cobijó a todos nosotros. Quizá por eso nunca más me pude ir de aquí”….
Este viernes habrá una
gran milonga de festejo por estos doce años de tango en Israel. Los amigos de
Buenos Aires no estarán ahí físicamente, pero nuestro corazón sí. Te queremos,
Silvia!